2004-12-28 20:24:10 La Voz de Galicia - Alfonso de la Vega
EN UN PUEBLO tan desarbolado en lo espiritual, cultural y emocional como es el español actual, que nadie diría que tiene un pasado milenario, cabe la posibilidad de que prospere la mal llamada navidad laica. Celebración que vendría a ser una variante más de los bautizos o primeras comuniones por lo civil patrocinadas por el tripartito en la asimétrica Cataluña, se manifiesta, perdido el Verbo original, en el confuso laberinto de letras para damnificados por la LOGSE de Gallardón y que supondría un mero pretexto para vender cava, juguetes o cordero importado de Nueva Zelanda. La Navidad cristiana fue fijada el 25 de diciembre por el Papa Julio I el año 337 como una adaptación del culto solar, del nacimiento del sol en el solsticio de invierno, como encarnación o materialización del Verbo, Natalis solis invicti , celebrado popularmente con grandes juegos en el Circo. Si ahora, dentro del eterno retorno, se vuelve otra vez al nudo circo: el de la epifanía del dinero y la visa oro, no se debe olvidar el profundo sentido espiritual, sea propio de los misterios paganos o del Cristianismo, que el nacimiento de la Luz posee para el alma humana. Sean figuras como Mitra, Horus o Jesús las representaciones simbólicas o históricas del Sol, lo importante es la propia renovación interior, la iluminación del alma, favorecida por la de la energía comunicada al planeta, el «tal como es arriba es abajo» de la tradición hermética. En verdad, se argüirá, las cosas están negras: la ambición, el fanatismo, la hipocresía, intentan destruir la Luz de la Conciencia. Pero un sencillo nacimiento como los que se pretenden erradicar nos enseña que es posible la esperanza. Que entre cuatro figuras presuntamente estériles como son una virgen, un anciano, una mula y un buey puede nacer la Voluntad de renovación del mundo. Y que el Herodes de turno puede ser otra vez burlado.